09-12-2019 03:00:47 PM

El “nuevo-viejo” mesías panista

Por Valentín Varillas

 

En algún momento de la vida política de este país, Vicente Fox llegó a representar la esperanza de cambio que millones anhelaban.

El arquetipo del verdugo que pudo aniquilar por la vía pacífica el anquilosado régimen de partido único.

Aquel que llevaba ya más de siete décadas vigente y que en su momento trascendió al que en la Unión Soviética encabezó el Partido Comunista.

En el 2000 se vivió la “primavera mexicana”.

Por fin un presidente cuya legitimidad quedaba fuera de toda duda.

En el papel habíamos ya transitado con éxito a la madurez democrática.

Las instituciones se revaloraban en el imaginario colectivo nacional; exudaban confianza y el futuro inmediato parecía inmejorable.

“No nos falles”-fue la petición que corearon al unísono, las decenas de miles de personas que se dieron cita en el Ángel de la Independencia para festejar la monumental epopeya panista y a su principal guerrero.

El despertar, sin embargo, vino pronto y resultó muy amargo.

Más allá de un cambio verdadero, la llegada de Fox a Los Pinos resultó en los hechos más de lo mismo.

Las estructuras clientelares y autoritarias de los regímenes priistas estuvieron lejos de ser desmanteladas, al contrario.

Permanecieron intactas y en algunas ocasiones simplemente mutaron para beneficiar ahora al nuevo tlatoani nacional.

A la par, el consumo obsesivo de ansiolíticos y antidepresivos fue convirtiendo al entonces jefe del ejecutivo federal en una caricatura de mandatario.

Los dislates y ridículos públicos escalaban a niveles alarmantes.

El señor presidente, era en realidad un penoso payaso que protagonizaba un triste pastiche de lo que tendría que haber sido el gobierno de la República.

Ni bienestar social, ni superación de la pobreza, mucho menos una mejora concreta en materia de seguridad pública, en donde resultó evidente su amarre con el cártel de Sinaloa y la persecución constante y sistemática de sus enemigos.

Al final de su administración, la cereza del pastel.

La operación de un burdo fraude electoral para imponer a un panista que en realidad detestaba, pero que en ese momento era el único garante de impunidad con el que contaba.

Cumplida su misión con el partido y con un grupo ajeno al suyo en las posiciones estratégicas del organigrama blanquiazul, el distanciamiento se convertía en el único camino a seguir.

Distanciamiento que pasó a ruptura muy poco tiempo después.

Con el regreso del PRI a la presidencia, volvió también el Fox público.

Cobijado por Peña y su pandilla, el ex presidente empezó a jugar otro vergonzoso papel: el de gatillero al servicio del nuevo gobierno.

A cambio de jugosas sumas, Vicente subía constantemente videos en YouTube y sus redes sociales, para fustigar a cualquiera que significara un obstáculo para el régimen tricolor.

Con el apoyo de influyentes personajes de la política y el servicio público, conseguía ser invitado en foros y eventos nacionales e internacionales en donde fungía como palero, aplaudidor y matraquero de sus nuevos dueños.

El momento cúspide vino con el apoyo público, explícito y sin restricciones, a la candidatura de José Antonio Meade a la presidencia en el 2018.

Las críticas desde el PAN y sus principales liderazgos fueron durísimas.

“Payaso”- le dijo Ricardo Anaya.

Como un auténtico “pendejo”, lo etiquetó Gustavo Madero.

De “traidor” no lo bajaba el propio Marko Cortés.

Por eso, para la lógica más básica, elemental, resulta increíble que en la asamblea panista del fin de semana, se le haya dado trato de héroe a quien desde hace años le ha jugado las contras a ese partido, intentando dañarlo por todas las vías posibles.

Tal vez la escasez de figuras al interior y el enorme sentimiento de orfandad sean tan grandes, que no tienen otra más que sumarse a semejante aberración.

Sin embargo, una de las grandes peticiones que los ciudadanos le hacemos a los partidos es que normen su código de conducta a partir de un mínimo de congruencia y no apostando al olvido, a la desmemoria.

Ya lo decía el gran Luis Buñuel: “Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella, no somos nada”.

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