La disputa de los Morales

Por Valentín Varillas

 

La relación entre Melquiades Morales y su hijo Fernando, no pasa por su mejor época.

Al contrario.

Desde abril, lo que antes era complicidad, amarres, acuerdos y estrategia común, hoy no es más que hielo.

¿La causa?- una visión muy distinta, mutuamente excluyente, de la presente coyuntura política poblana.

Fernando ha encontrado en “su partido” actual, Movimiento Ciudadano, una vía para su crecimiento político personal.

Con el apoyo absoluto de Enrique Alfaro, gobernador de Jalisco y uno de los liderazgos de mayor peso específico al interior del partido, hoy se encarga de la titánica estrategia de sumar votos para Enrique Cárdenas en los municipios al interior del estado, alejados geográficamente de la zona urbana.

Les vendió aquella mentira de que él controla parte de la estructura que operaba Moreno Valle a favor de sus candidatos, sobre todo en la zona de Ciudad Serdán y se la compraron a ojos cerrados.

De ese tamaño es su desesperación por el tema Puebla.

El caso es que Fernando, en esta nueva aventura política, esperaba contar –como siempre había ocurrido- con el apoyo incondicional de su padre.

A la par, Melquiades asumió el compromiso de reforzar con gente algunas de las áreas de la campaña de Alberto Jiménez Merino, candidato del PRI y asumir un rol más protagónico en sus giras por los mismos municipios en donde su hijo opera a favor de uno de sus adversarios políticos.

Y fue entonces cuando llegaron los reclamos y reproches.

Fernando pidió que se sumara a Cárdenas, como ya lo había hecho en ocasiones anteriores con candidatos que competían en alianza bajo las siglas del PAN.

La contundente respuesta de Melquiades fue que él jamás había sido ni sería panista, que fue “morenovallista” y que ya muerto su discípulo, amigo y cómplice en la política, no tenía ninguna razón para sumarse al trabajo en favor de Acción Nacional.

Le recordó que todas las estrategias conjuntas que llevaron a cabo, incluida la de aniquilar al PRI como partido de oposición cuando Fernando fungió como presidente del Comité Directivo Estatal, tenían como objetivo único beneficiar a Moreno Valle.

Nada más.

Le pidió además que no se confundiera, que no había ninguna coincidencia entre su visión de lo que Puebla necesitaba ahora y la oferta del panismo tradicional, grupo al que combatió desde su filiación priista y en sus tiempos como gobernador.

El enojo de Fernando Morales es grande, porque en su proceso de irse colocando en el ánimo de Enrique Alfaro y ganarse su confianza absoluta, la figura de Melquiades era muy importante. Sin consultarlo, lo metió en el paquete, por lo que el gobernador jalisciense daba por hecho que el ex mandatario poblano sería un activo político importante para su partido en el proceso electoral en la entidad.

Una vez que la descarada traición ha caracterizado el paso de Fernando Morales por la política, Movimiento Ciudadano es hoy el único clavo ardiente que le queda, para seguir vigente en la vida pública local.

Su última carta es mantener el control del partido en Puebla y salir lo mejor librado posible de la catástrofe electoral que le viene a su candidato.

¿Podrá?

¿Cuántas vidas le quedarán todavía?

Por lo pronto, lo que vaya a hacer en la política, lo tendrá que llevar a cabo sin el apoyo de su padre, al que por cierto, le debe todo lo que es.

Para bien y para mal.

 

 

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