19-10-2021 11:16:17 PM

Amante desconocido III

Cada vez quedaba menos tiempo para que mi desconocido visitante viniese así que me dirigí a la cocina en busca de algún buen remedio que refrescase mi garganta la cual notaba irritada y reseca. Agarrando de la nevera la botella de zumo, llené el vaso hasta arriba para beberlo de un solo golpe llenando de nuevo el vaso esta vez hasta la mitad. Tras calmar levemente mi sed, encaminé mis pasos hacia el dormitorio pensando la ropa a elegir para causar la mejor impresión posible a aquel macho de voz tan grave y masculina. Una buena ducha me tranquilizó y tras la misma estuve revisando el armario largo rato sin decidir el atuendo que ponerme.

Algunas prendas y vestidos me parecían excesivamente recatados y otros demasiado sugerentes y atrevidos, de manera que creí conveniente mostrarme lo más fresca y natural posible. Por otra parte, pensé que la ropa que llevase no iba a importar mucho pues pronto desaparecería ofreciéndome desnuda a aquel hombre sin la menor vergüenza.

Finalmente y tras mucho rebuscar me decanté por una camiseta estampada roja que mostraba insinuante uno de mis hombros, unos vaqueros blancos que se ceñían por entero a mis formas y para acabar aquellos elegantes mocasines bicolor rojos y grises con algo de tacón que tanto me gustaban y que tan bien realzaban mi silueta. Sí amigos, pese a mis kilitos de más una todavía mantenía su toque de coquetería femenina y su propia autoestima al alza. Mirándome al espejo del baño me di unos toques de maquillaje aquí y allá, un toque ligero de perfume y luego con una cinta recogiendo mis cabellos me veía perfecta y con ganas de recibir a aquel completo extraño.

Llegada la hora de la cita escuché sonar dos veces de manera firme aunque poco insistente el botón de la puerta. Me encontraba inquieta, cachonda y me gustó aquello de la puntualidad de aquel hombre. Ni dos minutos antes, ni dos minutos después de la hora prevista. Aquello de la falta de puntualidad era algo que me sacaba de quicio, os lo puedo asegurar. Así que el toque puntual de mi visita actuó en mí como un elemento aún más favorable para él. Frente al espejo del vestíbulo me arreglé mínimamente los cabellos con los dedos y respirando profundamente abrí la puerta encontrándome por fin con mi tan esperada visita.

Era aún mejor de lo que mis locos pensamientos habían podido imaginar. Como de unos treinta años tal como su voz me hizo pensar al oírle por teléfono y bastante más alto que yo, confieso que me sentí fuertemente intimidada y empequeñecida frente a la formidable figura de aquel hombretón de piel tan fina y oscura. Mediría más de metro ochenta le eché al primer vistazo y aquella sonrisa tan franca y natural me subyugó al momento haciéndome perder el mundo de vista. Dios mío, aquel hombre era tan, tan guapo que nada más verle frente a mí sentí una irrefrenable necesidad de ser besada por sus labios grandes y carnosos, una necesidad irrefrenable de sentirme acogida entre aquellos brazos y pegada a aquel cuerpo tan masculino y viril.

Allí en la puerta y teniéndole ante mí me quedé boquiabierta sin saber cómo actuar ni qué decir. Realmente la impresión de la presencia de aquel hombre me había dejado petrificada pegada a la puerta, quieta como una lerda y sin invitarle a pasar. Vestía de manera informal con aquella moderna cazadora color chocolate por encima de un jersey fino de cremallera en tono mostaza, aquellos pantalones verde oscuro de pinzas y calzaba unos preciosos botines marrones de ante. Supongo que percatándose de mi más que evidente nerviosismo como no podía ser de otra manera y sonriéndome mostrando su larga hilera blanca de dientes, tuvo que ser él quien carraspeara débilmente consiguiendo sacarme del estado de trance en el que me encontraba.

¿Puedo pasar? ?preguntó educadamente y sin dejar de sonreírme de manera divertida.

¡Oh, sí claro! Pero qué estúpida soy, perdona pasa ?exclamé echándome a un lado y permitiéndole entrar dejando tras de sí un masculino aroma, una sutil fragancia a manzana, canela y sándalo que evocaba un espíritu aventurero y un intenso deseo por los viajes exóticos.

Pese a su edad aquel hombre parecía tener mucho camino recorrido mostrando una gran seguridad en sí mismo. Aquella actitud logró tranquilizarme mínimamente haciéndome recuperar una pequeña parte de la confianza que creía haber perdido frente a aquel tremendo animal de rasgos tan marcados. Le hice seguirme a través del pasillo hasta llegar al salón donde le invité a sentarse mientras le ofrecía algo de beber.

Cualquier cosa estará bien, gracias ?respondió amablemente a mi invitación sin dejar un segundo de sonreírme aprovechando la cercanía entre ambos para mirarme de arriba abajo con aquella mirada tan oscura e intensa.

Está bien, enseguida le traigo algo que le refresque ?dije sonriéndole a mi vez antes de darle la espalda escapando del salón como alma que lleva el diablo.

Le había gustado, sí. Estaba completamente segura de ello. A pesar de mi inexperiencia en esas lides supe que le había gustado desde el momento en que vi cómo me miraba, traspasándome por completo con sus bonitos ojos. Sin poder evitarlo noté cómo un intenso cosquilleo se apoderaba de mí subiéndome por los muslos hasta alcanzar mi excitada y caliente entrepierna.

¡Dios mío, estaba cachonda perdida y allí tenía al fin al hombre tan deseado! ?pensé apoyándome en el mármol de la cocina tratando de recuperarme de la horrible sensación que aquel atractivo muchacho había creado en mí.

Volví a su lado ofreciéndole una de las copas de oporto para, seguidamente, tomar asiento junto a él.

¿Un poco de oporto va bien? ?pregunté tímidamente al tiempo que cruzaba coquetamente mis piernas dejando reposar mi copa sobre la mesa.

Sí perfecto, muchas gracias señora ?respondió él tomando un corto sorbo para luego imitarme dejando su bebida encima del cristal.

Por favor tutéame o me harás sentir mayor de lo que soy ?le pedí riendo como una tonta.

Como prefieras. Si así lo deseas así lo haré ?exclamó con voz misteriosa volviendo a dar un trago mucho más largo a su copa el cual dejó resbalar a través de su garganta.

Y dime? ¿cómo te llamas? ?le pregunté a bocajarro esperando su pronta respuesta.

No, por favor. Nada de preguntas ni nada de nombres, ¿de acuerdo? Creo que resultará mucho más cómodo para los dos. ¿No lo crees así?

Sí claro. Perdona por mi indiscreción, no fue mi intención molestarte ?dije un tanto cohibida ante su rápida contestación.

No te preocupes cariño. No resultó para nada molesto ni ofensivo. Es sólo que creo mucho más impersonal no conocer ciertos datos de mis clientas. ¿Lo entiendes verdad? ?preguntó zanjando de aquella manera la discusión con un postrero trago a su copa.

 

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