29-05-2022 05:53:01 AM

¿Halcones?…más bien buitres

 

El anecdotario del recientemente desaparecido grupo “Halcón”, este cuerpo de élite dependiente de la Secretaría de Seguridad Pública municipal, está lleno de historias de abusos, corrupción y alianzas oscuras con personajes ligados a actividades ilícitas.

El hecho de que anduvieran siempre encapuchados y en vehículos no identificados, bajo la salvaguarda de trabajar de incógnito o bien infiltrados, para algunos elementos significó un auténtico cheque en blanco para hacer y deshacer a su antojo, escudados siempre en el anonimato y aprovechando  al máximo las ventajas de contar con arma y placa a su disposición.

Sucedió a mediados de julio, pocas semanas antes de la desaparición de este grupo.

Gerardo Rossete, hombre de 56 años de oficio constructor fue detenido por elementos del grupo Halcón acusado de posesión de droga.

Como “prueba” se presentaron ante los medios y las autoridades judiciales correspondientes seis envoltorios grandes que contenían marihuana.

Desde el principio, Rossete aseguraba ser inocente y sostenía que la droga le había sembrada por los propios elementos de la corporación debido a un problema personal con uno de ellos.

Nadie le creyó.

Mucho menos las autoridades en materia de procuración de justicia, que lo consignaron inmediatamente.

Así llegó a San Miguel, en donde estuvo preso cerca de cinco meses, en una celda de tres por tres metros y teniendo que convivir con cerca de veinte personas más que se encontraban recluidas ahí.

Durante el curso de las investigaciones, su defensa legal solicitó la aplicación de diversas pruebas, como la dactiloscópica y la de reconstrucción de los hechos, que pudieran ayudar demostrar su inocencia.

Todas y cada una de las solicitudes realizadas fueron rechazadas contundentemente.

Sobra decir que su esposa y sus hijas, desde ese tiempo a la fecha han vivido un auténtico infierno teniendo que lidiar con las necesidades económicas y el desprestigio.

A medida que el tiempo pasaba, se volvía evidente que no existían elementos que comprobaran su culpabilidad y no tuvieron más remedio que dejarlo en libertad, aplicando el siempre vergonzoso, insuficiente e hipócrita “usted perdone”.

Hoy, Gerardo exige justicia.

Asegura tener identificados a los doce elementos del ex grupo Halcón que urdieron su detención, pero otra vez, nadie le hace caso: ni el ayuntamiento, ni la CDH, ni instancias del gobierno estatal.

Su vida cambió para siempre por haberse atrevido a “meterse con quien no debía”.

A él todavía no le queda claro que fue lo que pudo haber hecho para motivar semejante venganza en su contra.

Más allá de tener claro lo anterior, esta es otra de las cada vez más frecuentes historias en donde quienes supuestamente están para defendernos, porque para eso les pagamos, nos dan la espalda, nos traicionan y se convierten en nuestros principales enemigos.

Lo anterior podría pasarle a usted, a mí, a cualquiera.

Ahora el balón está en la cancha de Blanca Alcalá y su Secretario de Seguridad Pública, Alberto Hidalgo Vigueras.

Los doce elementos señalados están ahí, laborando, siguen en servicio y son un auténtico peligro potencial.

Llegó el momento de dejar a un lado el siempre candoroso pero poco realista discurso oficial en materia de seguridad y empezar a actuar con la contundencia y energía que historias como esta merecen.

Claro, si es real aquello de que las cosas ahora se hacen mejor que antes.

¿Será?

 

MANUAL PARA COEXISTIR CON LA MAFIA
La comparecencia del Secretario de Salud, Antonio Marín puede interpretarse bajo dos ópticas completamente distintas: la de la honestidad discursiva o la del cinismo extremo.

El funcionario reconoció irregularidades en la contratación de personal médico y administrativo, presencia de aviadores, dudas sobre la transparencia en la asignación de contratos, pagos a proveedores, compras de insumos y demás marranadas que todavía existen al interior de la dependencia que encabeza.

Sin embargo, se declaró abiertamente incompetente para enmendar esta vergonzosa realidad, se reconoció cooptado por una especie de mafia que controla de facto prácticamente todas las acciones de la secretaría reduciéndolo al penoso papel de auténtica figura decorativa.

Su conclusión no puede ser más patética: “Ni modo, he aprendido a vivir con esto”.

¿Se imagina?

Un secretario resignado a tolerar comportamientos dignos de la delincuencia organizada porque no tiene la capacidad o los tamaños para hacer que las cosas cambien.

¿Qué hacer?

¿Agradecer la honestidad o condenar la estupidez?

¿Reír o llorar?

¿Aplaudir, o de plano vomitar?

 

latempestad@statuspuebla.com.mx

 

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