18-09-2021 02:57:05 PM

La televisión y el reto de la modernidad (primera de dos partes)

Actualmente, la televisión se ha convertido en el principal generador, transmisor e impulsor de valores sociales, religiosos, políticos y de autoafirmación social.

El hecho de que la mayoría de los seres humanos tengan a la televisión como ente educativo primario, ha generado innumerables debates que han enfrentado a antropólogos, sociólogos, psicólogos, comunicólogos y politólogos.

Por primera vez, en la historia de la humanidad, millones de personas en todo el mundo se han convertido en espectadores antes de siquiera haber aprendido algún lenguaje, lo que ha cambiado definitivamente y de manera irreversible, el proceso cognitivo, es decir, la manera por medio de la cual se genera y transmite el conocimiento.

Y es que, la masificación de la televisión invirtió la lógica con la que se sentaban las condiciones primarias del desarrollo de las civilizaciones y que se basaba en el tránsito de la comunicación oral a la palabra escrita.

No es necesario ya apelar exclusivamente a términos lingüísticos y de asimilación del pensamiento abstracto para entender conceptos ya que la imagen, esa pura y simple representación visual, en la mayoría de los casos es suficiente.

Ahora, el ser humano ve, antes de hablar, lo que ha cambiado diametralmente la característica simbólica del lenguaje actual.

El contexto de la imagen ha sustituido al contexto de la palabra.

Sí, la televisión se ha convertido para las dos últimas generaciones en esa gran ventana que transmite no sólo imágenes aisladas, sino lenguajes, modelos, actitudes, contextos, emociones y que en algunos casos ha jugado inclusive el papel de proveedor de necesidades afectivas y de convivencia.

La cotidianeidad en el uso de la televisión y su disponibilidad- prácticamente a cualquier hora y en cualquier lugar-, somete a los individuos, desde sus primeros años, a una cantidad de mensajes que a manera de repetición y provistos de una carga afectiva que moviliza a los espectadores, pueden convertirse en fuente de aprendizaje a través de la idealización de modelos e identificaciones y de la sustitución de otras actividades como la lectura, los juegos y otros pasatiempos.

La televisión, nos guste o no, es un “infaltable” en la vida cotidiana de millones de hogares en todo el mundo. Alrededor de la oferta de contenidos de este electrodoméstico en ocasiones se da el único proceso de socialización y de intercambio de opiniones al interior de una familia.

Programas noticiosos, deportes, espectáculos o telenovelas se convierten en temas auténticos de discusión en la cotidianeidad e inclusive, operan en la práctica como proveedores de modelos de comparación entre realidades diversas.

Esta realidad ha convertido a la llamada “caja idiota” en un auténtico protagonista del debate actual.

Especialistas multidisciplinarios se enfrascan hoy en luchas encarnizadas para defender o refutar las más diversas teorías que sirvan para comprender cómo la televisión y la desmedida preferencia por la imagen han disminuido sistemáticamente la capacidad real de millones de seres humanos de entender y dificulta cada vez más el asimilar el pensamiento abstracto, cómo ha producido niños y jóvenes que entienden la lectura únicamente como una obligación escolar y que se han vuelto flojos, olvidadizos, poco comprometidos y profundamente ignorantes.

Ahora bien ¿qué tan cierto es lo anterior?

Es indudable que los niveles de lectura en todo el mundo han bajado dramáticamente a partir de que la televisión se ha convertido en términos reales en un artículo de “primera necesidad” en todo el planeta y de que la oferta televisiva no sólo ha crecido, sino que se ha globalizado.

Sería tonto no reconocer que una de las regresiones fundamentales que paradójicamente ha tenido como consecuencia la masificación y el uso indiscriminado de la nueva tecnología visual es el empobrecimiento sistemático de la capacidad de abstracción de las nuevas generaciones, dificultando la asimilación de términos como libertad, igualdad, democracia, soberanía que no tienen necesariamente una representación tangible.

 

Es imposible negar que la imagen se ha convertido en el elemento primordial que regula el proceso de politización e información de la mayoría de los seres humanos del planeta y que por sus variadas limitaciones, sean de formato y de presupuesto, o sean autoimpuestas para cuidar intereses particulares, presenta una visión parcial y sesgada de la realidad actual.

Sí, hoy es común el pensar que si no lo registra la cámara, simplemente no existe, lo cual sin duda deja fuera del debate y de la exposición mediática temas de fundamental importancia en la agenda nacional o mundial.

La obsesión por mostrar la mayor cantidad de imágenes en el menor tiempo posible y en el instante mismo en el que se generan, ha provocado lo anterior.

No cabe duda, que el privilegiar a rajatabla y por sistema aquella máxima de que “una imagen dice más que mil palabras” ha llevado a convertir cuestiones tan importante como el debate político y las campañas electorales en un gran circo de varias pistas en donde comúnmente se sacrifica lo verdaderamente importante por lo mediáticamente atractivo, en detrimento del análisis serio, pausado, que debería de normar la definición de criterios para la elección de un candidato a un cargo de elección popular.

 

 

 

latempestad@statuspuebla.com.mx

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