La unidad en el PAN

Por Valentín Varillas

 

La tragedia une, acerca, amalgama.

Panistas de distintas corrientes, cunas y costumbres, han cerrado filas en torno a la tragedia que los obligó a vestir de luto en plena navidad.

Rafael-fílicos y Rafael-fóbicos han tenido que acercar posturas, en aras de darle forma a una estrategia de supervivencia política en un estado que resulta clave, importantísimo, para el panismo nacional, en un entorno de país francamente complicado para sus intereses.

Así lo han hecho en el período de negociaciones de cara a la elección del gobernador interino y así tendrán que mantenerse durante la elección extraordinaria.

Ganar Puebla no significa únicamente afianzarse como fuerza dominante en el estado, también importa mucho irle arrebatando al gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el control político de áreas geográficas en un país que se vistió de rojo quemado después de la elección del 1 de julio.

La misión, en la lógica de la política local, está llena de simbolismo.

Una victoria en la extraordinaria equivaldría también a honrar la memoria de los fallecidos en el accidente de helicóptero y reforzaría la idea de que el morenovallismo aprendió bien la lección de su fundador, en el sentido de que ganar es lo único importante en política.

Sin embargo, ante la ausencia de un liderazgo visible y ya sin su producto electoral más rentable y elaborado, el grupo del ex gobernador se verá en la necesidad de abrirse al interior del blanquiazul y buscar el trabajo conjunto de todos.

Podría pensarse que se trata de un escenario inédito para ellos, acostumbrados a ganar elecciones apoyados más en el esquema de las alianzas con otros partidos, que en los amarres con los compañeros de militancia.

Sin embargo, en la coyuntura del 2010, vimos los alcances reales que un maridaje pragmático entre lo más rancio y dogmático de la derecha poblana y el llamado “neopanismo”, puede llegar a tener.

En ese tiempo, el enemigo era Mario Marín, ni siquiera el PRI en su conjunto.

Había que sacarlo a como diera lugar de Casa Puebla y eso significaba pactar con quien pudiera abonar a lograr tal objetivo.

El primer paso, el más complicado, era amarrar la candidatura de Moreno Valle a la gubernatura.

A pesar de que con el madrinazgo de Elba Esther Gordillo y el aval del presidente Felipe Calderón había alcanzado el Senado de la República, el panismo poblano se movía con una lógica muy especial.

Rafael se dedicó a aprender la complicadísima lógica con la que se mueven internamente los diferentes grupos que interactúan en el blanquiazul local.

Tejió fino con el entonces líder nacional, Germán Martínez y con personajes cercanos al presidente Calderón, al grado de que, un año antes del proceso interno del PAN para elegir a su candidato al gobierno estatal, se manejaba ya su inminente nominación.

Así fue.

La pinza se cerró con una inédita, pero a la vez exitosa negociación con el impredecible Yunque poblano que llevó a Eduardo Rivera como candidato a la alcaldía de la capital.

Un aparente guiño de buena voluntad, que al final derivó en una férrea enemistad.

Se establecieron acciones y compromisos, acuerdos y amarres de tal magnitud, que los más altos jerarcas de la organización no dudaron en cerrar filas alrededor de Moreno Valle.

Posiciones importantes en el próximo gobierno, que les permitirían controlar cotos de poder desde donde tejer políticamente para perfilar la candidatura de alguien de “adentro” y que a la vez redundaran en un beneficio económico para quienes son parte de los diferentes grupos sociales que funcionan en los hechos como “pantallas” de la Organización.

Sin embargo, el rompimiento unilateral de acuerdos, las promesas incumplidas y la implementación de un estilo de gobernar mucho más parecido al del priismo extremo, fueron deteriorando inevitablemente la histórica alianza.

El panismo tradicional entendió que no ganó nada en el 2010, que al contrario, lo perdió todo, cuando fue devorado por las feroces fauces del pragmatismo político.

Y lo peor, en Puebla se gestó el inicio del desplazamiento de los auténticos panistas de su propio partido, hasta quedar reducidos a su mínima expresión.

Imposible pensar que un escenario así pudiera repetirse.

De llegar a acuerdos, estos tendrán que respetarse de manera escrupulosa, si de verdad el blanquiazul quiere mantenerse como fuerza hegemónica en la entidad.

Enfrentan como poderoso enemigo el posicionamiento de marca del partido más votado de México y el arrastre que seguramente todavía podría darle a su candidato, la imagen del presidente con mayor legitimidad en la historia de este país.

No está fácil.

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