Despertar violento: la Puebla real

Por Valentín Varillas

 

¿Cuándo se jodió el estado, en materia de infiltración del crimen organizado? –es la pregunta que miles de poblanos nos hacemos y que por desgracia no tiene una respuesta clara en términos de fecha-calendario.

¿Qué tan añeja ha sido la complicidad entre autoridades y delincuentes, de tal manera que el crimen pudo infiltrarse en varios ámbitos de la vida poblana, pública y privada?

Lo mismo, no hay una respuesta convincente.

Si partimos de la retórica oficial ensayada obsesivamente desde hace varios años, pareciera que de la nada, por generación espontánea, despertamos de un cómodo sueño en donde disfrutábamos de las mieles de vivir en un estado de excepción, en una especie de isla de la fantasía que nos mantenía vírgenes, impolutos, ante una ola de acciones delictivas y de violencia que enferman como cáncer maligno a prácticamente todo el territorio nacional.

Todo esto, en el entorno de una Puebla supuestamente pujante, moderna, detonante de inversiones de todo tipo, principalmente en el rubro inmobiliario.

Una Puebla ficticia, con una paz social sostenida con alfileres, con enormes cuestionamientos sobre el origen de esos millonarios recursos que detonan su hipócrita economía y que hoy parece derrumbarse cruelmente ante nuestros ojos.

No, el tema no es nuevo.

Los focos rojos de prendieron hace tiempo.

Las alarmas sonaron puntuales pero encontraron una sordera generalizada en los distintos niveles de gobierno.

Alguien que sí lo vio en su momento fue el investigador Fernando Montiel Tiscareño.

En septiembre de 2015, publicó un revelador reportaje sobre la realidad poblana el portal La Silla Rota.

En ella, se hace una analogía entre Puebla y Bogotá, ciudades que de acuerdo al autor fueron elegidas por las mafias criminales como lugares para establecer su residencia y la de sus familias y que se convirtieron también en los principales centros receptores de las inversiones que suponen el blanqueo de los recursos obtenidos por sus actividades ilícitas.

Etiqueta a Puebla como un estado de “residencia y lavado”.

“No, Puebla no era una plaza en disputa. De aquí que no fuera el tema el narcomenudeo local ni la siembra y trasiego de drogas por el estado. Ni siquiera era tema el potencial de compra de la población local. No, el tema es que no hay mucha claridad en cuanto al origen de las fortunas que están financiando desarrollos inmobiliarios de ensueño en la capital poblana”.

Demoledor.

Y agrega: “¿El gobierno? No sabe, no quiere, o no puede ver lo que pasa. Y he aquí la triada madre de todos sus vicios: ignorancia, complicidad y/o incompetencia. Sería fácil de creer y tal vez no tan difícil de probar la asociación o servilismo del gobierno con los dueños anónimos del dinero en Puebla”.

En el tiempo de la publicación, Montiel se centra en las actividades criminales de buena parte de los más influyentes cárteles que operan en territorio nacional en lo referente a su actividad principal: el tráfico de drogas, pero adelanta la bomba de tiempo que supone para Puebla el robo de combustible:

“Puebla está (¿todavía?) en esa fase de negación. En cualquier caso, la realidad se impone. La caída, como resultado de una investigación por tráfico de combustible, del Secretario de Seguridad Pública del estado –y con él, la de buena parte de la jerarquía de seguridad- destapó una cloaca que nadie quería ver”.

Contundente.

Y lo peor, adelanta una terrible sentencia fatal que parece ya habernos alcanzado:

“Las cosas ya no serán iguales. El miedo ciega, y la propaganda oficial también. El oasis ha desaparecido. Puebla y sus habitantes deberán ahora acostumbrarse a ver escenas como la que tuvo lugar en enero de 2014, cuando un comando armado atacó un bar -que por cierto presumía tener ‘auténtico ambiente sinaloense’- en la Avenida Juárez, hiriendo a dos personas, y en el que todavía hoy se pueden ver los agujeros de bala”.

Como colofón a su reportaje, Montiel Tiscareño deja en el aire una pregunta mordaz que desnuda la candidez o la inocencia de quienes nos atrevimos en algún momento a presumir “el ejemplar nivel de vida” del que, en teoría, gozábamos los poblanos:

“¿De verdad creían que el excepcionalismo poblano alcanzaba para mantener la burbuja cuando ya el mundo se ha derrumbado a su alrededor en los estados de Veracruz, Oaxaca, Tlaxcala y el Estado de México?”.

Pues sí, al final resultó ser ficción pura.

 

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