Anaya, del olvido al “no me acuerdo”

Por Valentín Varillas

 

San Martín Texmelucan se ha convertido en un infierno.

Sus habitantes tienen miedo, pánico de salir por la noche, de realizar sus actividades normales, de vivir como siempre lo habían hecho.

Un auténtico toque de queda.

Una ciudad fantasma que hoy se encuentra a expensas del crimen organizado.

Ese que disfruta plenamente de los beneficios de operar diversas actividades ilícitas como el robo de hidrocarburos.

Ese que no se tienta el corazón para desatar auténticas batallas en contra de quienes se atreven a disputarle el territorio.

La ley de la selva, la jungla en donde se hace justicia bajo la máxima de “o plata o plomo”.

Una realidad similar se da en otras entidades del llamado “triángulo rojo”.

Palmar de Bravo, Tecamachalco, Tepeaca, Acajete, Quecholac o Acatzingo.

Sin embargo, el caso de San Martín es simbólico en el tema del huachicol, por la terrible tragedia que se dio en la colonia El Arenal el 19 de diciembre del 2010 y que le costó la vida a 29 personas.

Ahora, en la coyuntura electoral, ese municipio vuelve a tener un simbolismo especial.

Y es que ayer, ahí precisamente, el candidato a la presidencia, Ricardo Anaya, dio a conocer la estrategia que llevará a cabo, en caso de ganar, para combatir el robo de hidrocarburos en el estado.

Con un simplismo que espanta, el panista se limitó a decir que mandará más elementos federales a luchar contra la delincuencia organizada que controla el ilícito.

No mencionó, ni por casualidad, la evidente, obvia, descarada complicidad que ha existido entre autoridades, personajes influyentes de la política y el servicio público poblanos y la delincuencia organizada, causa principal que explica el crecimiento exponencial de este delito en Puebla.

Presa de un ataque de amnesia, obvió mencionar también que candidatos de su partido, como Blanca Jiménez, han aparecido en fotos junto a Othón Muñoz Bravo, el tristemente célebre “Cachetes”.

A Anaya se le olvidó también que sus partidos aliados en la elección poblana, como el PSI le han abierto la puerta a perfiles  ligados directamente con el delito del huachicol, para integrarlos a sus candidaturas en zonas de altísima incidencia en la ordeña de ductos de Pemex.

Increíble.

Nadie le dijo, o de plano no quiso saber, que en el sexenio de su hoy tan querido Rafael Moreno Valle, miembros de la elite policíaca de su gobierno fueron detenidos por el ejército por estar ligados con las bandas encargadas del robo de ductos.

Mucho menos, que uno de los consentidos de ese gabinete, Facundo Rosas, toleró y fomentó esa colusión desde su cargo de Secretario de Seguridad Pública estatal.

Que alguien le dé contexto, por favor.

Apenas el martes, en gira por Tlaxcala, Anaya prometió combatir este delito “desde sus entrañas”.

Sin embargo, esas entrañas, en su convenenciera lógica, están al interior de Petróleos Mexicanos y no es responsabilidad de quienes, desde un cargo público, decidieron convertirse en socios de los huachicoleros.

Lo cómodo es echar a andar una limpia al interior de la paraestatal, cortar una cuantas cabezas y exhibirlas en la plaza pública y no meterse de lleno a combatir los amarres vigentes entre delincuentes y autoridades de todos los niveles.

¿Realmente el Anaya presidente le dará la espalda a los millonarios recursos que esto genera a cambio de impunidad ?

Para nada.

El huachicol produce el dinero suficiente para corromper todo y a todos , por eso hoy goza de cabal salud.

Y así se mantendrá mientras sea rentable.

Nada va a cambiar.

Por lo pronto, la campaña anayista parece ya adolecer del mismo mal que le ha criticado a su adversarios, principalmente a López Obrador: aquello de adaptar su discurso al tipo de público, para intentar así dejar a todos contentos.

En Puebla, en la auténtica cuna del huachicol, dejó pasar la oportunidad de parecer congruente.

Se vio, más bien esquizofrénico.

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