Gubernatura no negociable

Por Valentín Varillas

 

Por más espacios que puedan abrirse para el panismo anti-morenovallista, gracias a la candidatura presidencial de Ricardo Anaya, una posición estará fuera de la inminente negociación que tendrá que darse entre los dos principales grupos que hoy convergen al interior de Acción Nacional.

La candidatura al gobierno de Puebla está al margen de cualquier acuerdo o amarre y es evidente que será el ex -gobernador del estado quien llevará mano para la unción.

Inclusive al propio Anaya le convendría el escenario, si quiere ser competitivo y no protagonizar un enorme ridículo electoral.

Moreno Valle y su círculo cercano, tienen el control político y económico de una entidad que aporta la tercera parte del padrón nacional de votantes del país.

Cuentan, además, con una estructura electoral propia, paralela a la del propio partido, que ha demostrado que, sea como sea, sabe ganar elecciones.

Y es que hoy, en el surrealista sistema político mexicano, la determinación de ganadores y perdedores en los procesos de selección de gobernantes depende cada vez menos del voto desinteresado de ciudadanos que de manera espontánea elijen una de las opciones disponibles.

El peso específico real de esta sui-géneris democracia, lo tiene la operación de programas y recursos públicos con fines partidistas, la compra de conciencias a través de la entrega de las más diversas dádivas y la acción directa de movilizadores que tienen la responsabilidad de llevar una gran cantidad de votantes a las urnas.

Lo anterior cuesta y cuesta mucho y ya sabemos quiénes tienen las llaves de la caja chica de donde saldrá lo necesario para que la estrategia funcione con precisión quirúrgica y rinda los frutos políticos que se esperan.

Contra esto, al final resulta imposible competir en igualdad de condiciones.

Durante más de seis años, a través de ejercer un férreo y autoritario control que intentó eliminar por todos los medios –legales e ilegales- el disenso político, mediático y social, Rafael Moreno Valle se preparó para esta batalla, la verdadera, la real, la auténtica joya de la corona: “la batalla por Puebla”.

Y es evidente que no va a rendir la plaza tan fácilmente como algunos ya de antemano suponen, pase lo que pase en el escenario nacional.

El sueño presidencial y la persistencia hasta el final -a pesar de que desde hace mucho no existían las condiciones para aspirar con seriedad al cargo-, fue simplemente el camino a seguir para lograr lo que desde el principio fue el objetivo primordial.

La verdadera aspiración es para el 2024.

Lo ayudan la edad y el poder financiar una campaña presidencial dentro de seis años, si logra colocar otra vez a un incondicional en Casa Puebla.

Además, en este reparto del pastel que se llama México, que han protagonizado dos fuerzas políticas que cada vez se parecen más: PRI y PAN -en su muy particular óptica- Rafael debe de considerar ya desde ahorita que, por un tema de justicia elemental, él es el natural en la lista de probables sucesores.

Claro, siempre y cuando no gane López Obrador el 2018.

Y hasta para ese objetivo resulta útil que Moreno Valle siga teniendo el control político de Puebla.

Ya sea para abonar a los intereses de Anaya o bien para beneficio de Meade, la única manera de evitar que AMLO gane una de las gubernaturas más importantes del país y que sume así votos fundamentales para su proyecto presidencial es que el poblano lleve mano en la nominación de la primera magistratura estatal.

Nos guste o no: no parece haber de otro.

A menos que algo demoledor, contundente, pero sobre todo muy extraño, sucediera.

 

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