Doña Remedios

El padre Genaro palideció al posar sus manos sobre el regazo de su sotana mientras escuchaba la confesión de Doña Remedios. No podía ser posible y, por eso, pensó que quizá fuese el teléfono móvil o la llave de la sacristía. Pero, al palpar su entrepierna y constatar la dureza carnal, esa calidez que ya creía desterrada, no pudo negar la evidencia.

Doña Remedios y su confesión, artífices de aquel espanto, continuaban explicando y expiando, bisbiseando muy cerca de la celosía que los separaba. A través de los agujeros del entramado que aislaban lo clero y lo secular, cielo y tierra, luz y oscuridad, el padre Genero intuyó que esos agujeros eran demasiado grandes, permitiendo que se filtrase a través de ellos la lujuria y quién sabe cuántos pecados más.

—Y entonces mi marido me obligó a fornicar ofreciéndole mi trasero —continuó la arrepentida mujer—. Yo me negué, padre, de veras que supliqué que aquello, no más que por incluir un preservativo en aquel acto, estábamos infringiendo las leyes divinas, pero si, además, incluíamos prácticas tan aberrantes, nuestra condenación sería más que segura.

—Te forzó, entonces —susurró Don Genaro, manteniendo a duras penas su tono de voz mientras, con la punta de los dedos, intentaba deshacer su excitación, dándole pequeños toques a la punta. En vano; a cada golpe la dureza se incrementaba y los calores que le invadían la entrepierna se caldeaban.

—Bueno… lo que se dice forzar… quizá al principio así fue. Pero su tenacidad no estaba exenta de una ternura reconfortante.

—Dios de mi vida —suspiró el padre, viendo que su masculinidad se rebelaba ante su desconcierto. A lo mejor, pensó, si le proporciono espacio, si elimino la opresión, por sí sola se retraiga.

—Me merezco sus reprobaciones, padre —replicó doña Remedios—. Entiendo que jamás deberé hacerlo. Pero no puedo negar que, aunque al principio el dolor era innegable, luego dio paso a la indiferencia y, por último, surgió el placer. Y fue un placer diferente. Yo creo que tampoco fue tan grave.

—No puede ser… ¡Ay, Dios! —alzó la voz el padre Genaro al ver ante sus ojos el tamaño exagerado de su miembro empalmado tras arremangarse la sotana, desabrocharse el pantalón y apartar los calzoncillos. A través de la celosía, las luces de los cirios iluminaban su polla henchida ofreciéndole una magnitud de pesadilla.

—No me compadezca, padre, no sea misericordioso —añadió Doña Remedios—. Mi marido pifió y mugió como un animal pero yo tampoco me quedé lejos; chillaba como una gorrina, empalada, asombrada de obtener placer de donde no creía que existiera. Y debo confesar, para mi desgracia, que el placer fue mayor de lo esperado.

—Mayor… —musitó Don Genaro, incapaz de dar crédito a sus ojos, al ver el tamaño de su horrendo miembro. Tan grande, tan grueso, tan pecaminoso. De pequeño, cuando se lo vio así de duro, no era tan enorme. Una luz rojiza, infernal, procedente de los cirios, bañaba aquel instrumento ignominioso. Se persignó varias veces pero fue en vano. Aquello no descendía. El diablo se había apoderado sin remedio del confesionario.

—Sí, padre, mayor que mi anterior fornicación. Pero no me haga, por Dios, revivir mi anterior coyunda porque ya estoy absuelta. Las lágrimas que derramé ayer sobre este confesionario aún las creo notar húmedas sobre esta madera. Y recordar esa extenuante sesión no me parece justo, estoy libre de ese pecado.

—No, no —siseó el padre, dando golpes cada vez más contundentes a su miembro. Si las palabras no servían, si los rezos no bastaban, no cabía otra opción. Había que doblegar al diablo, había que luchar—. Te digo que no.

—¿Cómo que no, padre? —replicó doña Remedios confusa—. Recé los cincuenta avemarías y los veinticinco padrenuestros. Incluso hoy, antes de buscar mi absolución con usted, he donado diez euros. Es más de lo que cualquiera haría. Y, aunque usted diga, tampoco fue tan grave, creo yo.

—No es grave, no es grave —repitió con voz aflautada don Genaro, casi riendo, al ver incrédulo como los calores comenzaban a convertirse en ardores en sus testículos. El diablo no podía ganar, no en la casa del Señor, ¡jamás! Apresó el miembro y lo estrujó con saña, creyéndose invadido por la gracia divina.

—Encima se burla, ¿cómo se atreve, padre? —bufó doña Remedios, aireada y elevando la voz—. Un sesenta y nueve es algo muy sano, por mucho que usted diga o la Biblia lo prohíba no sé dónde. Y si tengo que agradecer a alguien que, por mal que nos vayan las cosas, aún tenga ganas de vivir, no es a usted, ¿se entera?

—Ay, Dios, ay, Madre del Amor Hermoso —se horrorizó don Genaro al ver como un chorro de lava ardiente, imparable, ascendía por el tallo de su miembro— ¡Vade retro, vade retro!

—La hostia bendita. ¡Pues sí, señor mío, pues sí! —gritó levantándose del escapulario doña Mercedes, fuera de sí—. Me gusta follar, me gusta mamar, me gusta joder y me gustan las guarrerías, ¿pasa algo, eh?

—Joder, joder —alzó la voz don Genaro, empuñando su miembro y alejándolo de sí, tapándose los ojos con la otra mano.

—Ahí le ha dado, padre, ahí, ahí. ¡Eso es lo que a usted lo revienta, padre, que usted no jode y así le va! ¿Pues sabe lo que le digo, eh, sabe lo que le digo? Espere, espere, que se lo digo a la cara…

El primer trallazo de semen la recorrió la cara entera a doña Remedios al descorrer la cortina que ocultaba al cura. De la frente al mentón. No bien abrió los ojos para replicar y otra segunda eyaculación se los cerró anegándolos (don Genaro, incluso derrotado, había trazado la cruz bendita). Y cuando abrió la boca para gritar, un tercer trallazo, tan certero como pragmático, la llegó hasta el paladar (el cuerpo de Cristo).

Cuando el cura retiró la mano de sus ojos y contempló el espectáculo no pudo emitir más que, acongojado y abochornado unas débiles palabras:

—Palabra de Dios…

—Te damos gracias, Señor —replicó doña Mercedes tras tragar.

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