Anoche volví a conocer a mi mujer

eros09

Cuando nos casamos todo era maravilloso.

Nunca habría podido imaginar que me pasaría algo como lo que me pasó anoche.

Yo encontré trabajo, en la construcción. Ella también trabajaba, en una tienda de ropa (hace poco cerró la tienda).

Yo la quería y ella me quería a mí.

Era mi rubia, de ojos grises y cuerpo de bailarina.

Era mi orgullo.

Había sido la niña bonita del barrio. Un poco pava de chica. Yo le robaba los bocadillos en el colegio y le tiraba chinas al pelo. Yo era de los gamberros. Un chico de piel morena y guapo. Iba con mi moto calle arriba, calle abajo y siempre llevaba a alguna guarrilla de paquete.

Carmen era distinta. Ella era más tímida. Se juntaba solo con un par de amigas aún más empanadas que ella. Se sentaban en un banco a comer pipas. Y allí se pasaban las horas muertas ¡Cómo nos reíamos de ellas los niñatos del barrio!

Pero luego Carmencita echó tetas y se puso más alta que yo. Sus caderas, su cintura y su trasero la hicieron el blanco de todas las miradas.

Al principio nos metíamos con ella llamándola larguirucha. Luego, cuando empezó a ser evidente que Carmen estaba más buena que las modelos de la tele, preferimos ignorar a la chica de la que tanto nos habíamos reído. Pero su madre, la Puri, una cotilla de cuidado, no paraba de recordar a todo el mundo que su niña había sido reina de la feria y que había sido modelo en no-sé-qué pasarela de bikinis.

Por culpa de la cabezonería de los tíos de mi barrio, que nos empeñábamos en no admitir que Carmen estaba tremenda, la niña empezó a salir con uno del barrio de al lado. Tan chulo como nosotros. El más chulo de todos. Y llegaba con su coche y los Chichos a todo volumen.

Hacia negocios con algunos de los chiquillos más jóvenes de nuestro barrio y se llevaba a la Carmen. Antes de irse con ella nos miraba como diciendo:

-¡Pa que veáis quién es el más listo aquí!

A mí me hervía la sangre. Decidí dejar de hacer el gilipollas e ir a por ella. Yo era el que estaba más bueno del barrio, según las niñas. Y sobre todo era el más respetado. Y por muchas gilipolleces que hubiera dicho sobre ella se me caía la baba cuando veía su culo moverse bajo una faldita o sus tetas bambolearse dentro de una camiseta blanca, o sus labios pintados de rojo y sus ojos de leona ¡y qué piernas tiene mi niña, qué piernas tiene mi Carmen y como odio al hijo puta que pronto os voy a contar!

El caso es que la seduje. Por poco, no la pillé virgen. Se me adelantó el guaperas ese. Pero me dio tiempo a desvirgar su culo.

Ella se me resistió bastante y tuve que andar como un año detrás de ella. Y todo el barrio veía como me desvivía por ella y la Carmen me ignoraba. Con todo, yo seguía siendo respetado por mis cosas y a ella, ya nadie tenía cojones de criticarla.

Empezamos a salir. Yo encontré un curro decente. Ella hizo lo mismo. Estuvimos tres años de novios. Luego nos casamos y pedimos una hipoteca para un piso en el barrio cerca del de mis padres.

Luego vino el crío y mi Carmen empezó con las depresiones. Algo del post-parto. Biológico, según dijo el matasanos.

A Jesús lo dejábamos siempre en casa de mi madre y la Carmen comenzó a echarse a la bebida.

Comenzó a salir de juerga ella sola porque yo estaba bastante cansado de la obra. Al principio me cabreaba con ella. Pero como se ponía muy mal con su enfermedad terminé por dejar que fuese un poco a su aire, a ver si así se le pasaba y se ponía mejor.

Su físico se estropeó un poco en un par de años así. No perdió del todo los quilos del embarazo y cogió un poco de celulitis y tal. Pero la verdad es que Carmencita es preciosa de todos modos y no hay hombre que no sueñe con follársela.

Era frecuente que volviese los sábados echa una cuba, y yo, para ahorrarme el espectáculo, me iba el sábado por la noche a cenar con Fran, un colega del barrio, veíamos unas películas con otros amigos y luego solía quedarme a dormir allí.

La verdad es que siempre confié cien por cien en Carmencita. A parte de porque siempre ha sido una buena niña (fiel, dulce y cariñosa) porque en este barrio, que es por donde sale la Carmen, nadie tiene huevos de entrarle a mi mujer.

Pero visto lo visto, está claro que me equivocaba. Que como me dice mi padre: “no te puedes fiar de nadie. Ni de tu padre”.

El tema es que anoche me fui a ver unas pelis a casa de Fran; y Carmen salió a emborracharse. Yo estuve allí durante la primera película, pero luego me empezó a entrar dolor de cabeza y decidí irme para mi piso. Cuando llegué allí Carmen todavía no había llegado.

Intenté echarme en mi habitación. Pero hacía un montón de calor y me fui para el cuarto del crío, que estaba en casa de mi madre, porque es un cuarto más fresco. Me tendí en la cama a oscuras.

Como un par de horas después escuché unos pasos y unas voces por la escalera. Era mi mujer. Entre risas y traspiés:

-¡Que pedo llevo! Sujétame bien que me caigo.

Luego se abrió la puerta. Escuché una voz masculina. Más bien de niñatillo.

-Carmen ¿Te importa que me fume aquí un cigarrito?

-Je, je ¡qué va!- dijo mi mujer alegre. Con voz de borracha.

Mi mujer se levantó dirigiéndose al baño. Yo pensé en salir a ayudarla por si se caía.

Pero me quedé parado delante de la puerta de la habitación de Jesús, cuando escuché que dijeron:

-¿Y el Paco no está?

-No mi amor- dijo ella con tono de broma- estamos tú y yo solitos esta noche.

Yo sabía que solo bromeaba, por los efectos de la bebida, pero aquel comentario me dejó petrificado. Mi mujer nunca había sido una ligerita y siempre me había respetado.

Yo seguía parado frente a la habitación del crío y mi mujer salió del baño dando tumbos y con una bata de seda negra puesta que dejaba ver gran parte de sus tetas. Salió al pasillo sin mirar para atrás, así que no me vio y entró en el salón desapareciendo de mi ángulo de visión.

Sin saber muy bien lo que hacía di unos pasos hacia delante y me quedé en la esquina del pasillo. Desde allí veía perfectamente el sofá del salón.

Vi a un chico de unos diecisiete años, muy moreno de piel y musculoso. Un chavalillo que recuerdo cuando corría con los mocos fuera tirando piedras a los gatos. Un niño de esos que ha crecido imitando a nuestra generación. El niñato llevaba una camiseta negra de tirantes, unas cadenas de oro, unas bermudas marrones y un pendiente en la oreja. Era guapo, con un aire a Cristiano Ronaldo, pero sin exagerar. Estaba sentado fumándose un pitillo. Un poco ladeado hacia mi mujer. Ella acababa de llegar y estaba sentada a su lado, con el cuerpo girado hacia él.

Rápidamente me di cuenta de algo que esperé que fuese un descuido.

Mi mujer se había sentado con las piernas abiertas y se le veía todo el coño. Lo llevaba depiladito, como a mi me gusta.

El chaval al principio le había mirado las tetas con cierto disimulo, sin dejar de fumar. Pero ahora de repente se quedó sorprendido mirando hacia abajo.

Desde donde yo estaba no podía ver bien la cara de él pero me daba cuenta de que estaba mirando lo mismo que yo.

El coño de mi mujer. Ese coño carnoso y con la piel un poco negra. Con un gran clítoris. Un coñito siempre lubricado y cachondo que me vuelve loco.

Entonces dijo a mi esposa:

-Carmen. Te estoy viendo todo el coño.

Mi mujer, para mi sorpresa, sonrió, con esos labios de comer polla que tiene y le dijo con descaro:

-Ya lo sé.

Y continuó con las piernas abiertas. Dejándolo ver todo.

El chico se quedó unos segundos en silencio. Yo contuve la respiración. No podía creer lo que estaba viendo y escuchando. Me iba a dar un infarto.

El muchacho había dejado de fumar. Apagó el cigarrillo en el cenicero del salón y se palpó las rodillas en un gesto de nerviosismo, apartando la mirada de mi mujer.

Se puso de pie y se llevó una mano a la cara. Estaba sopesando la situación.

Entonces se acercó a la ventana, y, mirando a mi mujer, que observaba atenta todos sus movimientos, se bajó los pantalones y los calzoncillos en un solo movimiento.

Frente a mi esposa quedó un rabo de tamaño bastante grande que ya la estaba apuntando. El nene dijo en tono de chulo:

-Cómeme la polla.

Y ella obedientemente se puso de rodillas a los pies del niñato.

Yo pensé en salir de allí y matarlos a los dos. O salir hacia ellos dando voces. Pero estaba tan nervioso y con tantas ansias homicidas que me bloqueé para intentar no cometer una locura y me quedé allí parado como un imbécil.

Mi mujer no tuvo tantas contemplaciones y abrió del todo su boca.

Rodeó con su mano el pene tieso del niñato y se la metió, engulléndola por completo, mientras le pajeaba, como yo le había enseñado a hacer.

El chaval la sujetaba de los pelos mientras ella se la tragaba toda. A veces se la sacaba y le daba lengüetazos mirando hacia la cara del niño. Se la comía con una puta cara de vicio. Y yo me moría al ver que la madre de mi hijo, la mujer de mi vida, era una guarra.

Pero no pude evitar ponerme cachondo mientras la miraba traicionarme. En lugar de ser un hombre y reaccionar, la polla se me puso dura.

Mientras la miraba chupar como una profesional y veía el careto desencajado del hijo puta ese, llevé la mano hacia mi polla y empecé a cascármela. Encima de todo con cuidadito de no hacer ruido para que no se diesen cuenta.

La verdad es que mi mujer es una gran mamadora. La chupa de escándalo. Con su lengua de gatita recorre desde la punta hasta los huevos. Y con las manos, mientras tanto acaricia las zonas más cachondas.

Además hace muy bien la garganta profunda. Y en ese momento estaba tragándose toda la polla del chico ese.

De vez en cuando se la oía succionar. Cuando me hace eso me pone a cien.

El pene del tío ese salía y entraba a toda velocidad de la boca de la mujer y él decía:

-Joder Carmen, no veas como la chupas.

Y su cara lo decía todo porque parecía estar en el paraíso.

Y yo también estaba en el limbo, por los nervios de la situación, los sentimientos contradictorios y el gran calentón que llevaba encima.

Entonces el niñato jaló del pelo a mi Carmen tirando hacia arriba. Ella se puso de pie y él empezó a morrearla y a besarla por el cuello mientras le manoseaba las tetas.

Luego le desató la bata y empezó a comerle los pezones. Yo sabía que ese era el punto débil de mi niña.

Ella gemía de gusto y echaba la cabeza hacia atrás mientras el niñato apretaba su cara contra las tetas de mi mujer.

Entonces le dijo:

-Nena, te voy a follar.

Y de un empujón la puso a cuatro patas en nuestro sofá. Ese sofá que acabábamos de comprar a plazos con tanto sudor de mi frente.

El culo de mi mujer quedó en pompa. Tiene un culazo Carmencita. Un culo grande y bien formado. Redondo y respingón. Culo de brasileña. Y su coñito asomaba entre sus nalgas con su agujerito que pedía guerra.

Su flujo brillaba intensamente con la luz de la lámpara del salón. Estaba muy cachonda. Muy mojadita y el niñato apuntó hacia su diana con el rabo.

Yo continuaba cascándome la polla y una parte de mi, que nunca había pensado que tendría, deseaba que ese niñato le metiese toda la polla a mi esposa y la hiciese gritar. Otra parte de mi no la creía capaz de algo así. Y menos de follar sin condón con un tío. Exponiéndonos a los dos a enfermedades o pudiendo quedarse embarazada de otro.

Entonces lo hizo. De golpe se la clavó. Perdiéndose en su coño. Y comenzó a cabalgarla con una potencia y una velocidad que solo alcanza un chavalillo joven.

Se la metía y la sacaba como un poseso. Yo me pajeaba a gran velocidad.

Mi mujer gritaba y gemía, enloquecida de placer:

-¡Oh!, Iván, cómo me follas ¡ah!, ¡aaahh!

Y ese pene entraba y salía de mi mujer. Ella parecía flotar en el limbo y él aceleraba cada vez más. Apretando con fuerza el cuerpo de mi mujer. Agarrándola de las caderas y dejando arañazos en su suave piel. Los huevos del chaval se agitaban rebotando bajo el culito de mi esposa y me parecía oír un pequeño chasquido cuando chocaban contra la piel de ella.

-¡Me encanta tu pollaaah!

Mi esposa gemía sin cesar mientras el pene la taladraba.

El cuerpo de Carmen rebotaba contra el sofá.

-¡Ah!, ¡me corro, Iván!, ¡me corroo!

Entonces un estremecimiento atravesó todo el cuerpo de Carmen mientras gemía en un tono algo más grave.

Me dio mucha rabia. Conmigo casi nunca se corría. Pero me puso a tope aquello. Sentía que yo también estaba a punto de venirme.

Entonces Iván, que se la follaba a cien por hora, le dijo:

-Te voy a llenar todo el coño de leche, Carmen.

Entonces bajó la velocidad y, se la metió con más fuerza, en varios movimientos más bruscos en los que seguro que se la clavaba hasta el fondo.

-¡Toma!, ¡toma semen del bueno!

-¡Sí!, ¡lléname, cariño!

Yo no pude más y también me corrí. Liberando un chorro de pegajosa leche en mi mano.

Al cabo de unos segundos Iván le sacó la polla a mi Carmen y ella le dijo emocionada:

-¡Le das mil vueltas follando a mi marido!

Aquellas palabras fueron una puñalada atravesando mi corazón.

El tipo fue al baño a lavarse y yo me escondí. Aunque sentí el impulso de salir y darle una paliza. Luego él volvió al salón y antes de irse de casa, mi mujer le despidió con un apasionado morreo.

Luego Carmen se metió en nuestra habitación y se tendió en la cama desnuda, sin limpiarse la lefa.

Yo me fui al cuarto del crío a intentar calmarme y pensar lo que iba a hacer.

Pero al principio no lograba pensar en nada y luego empezaron a venir a mi cabeza las imágenes de lo que acababa de presenciar.

Así que a la hora o así me levanté y me dirigí hacia la cama de matrimonio con la polla tiesa.

Mi mujer estaba dormida de lado. Acerqué mi pene a su vagina y agarrándola de la cintura empecé a intentar penetrarla.

Estaba muy mojada aún y lo conseguí en seguida. Me ponía cachondo metérsela en el coño que aún estaba lleno de la leche del capullo ese.

Me ponía a tope follarme a mi esposa, que era la más zorra de las zorras.

Ella gimió un poco, pero no con la pasión con la que lo hizo cuando se la follo el otro.

Al cabo de un rato me corrí dentro de ella y luego nos quedamos dormidos.

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