Tarde caliente

 

Es un lunes que nunca olvidaré. En ese momento yo tenía 18 y mi primo 24 años. No me considero una Venus de Milo, pero puedo decir que soy morena, de cabello negro y ojos verdes, no muy alta y con las curvas necesarias. Mi primo es alto y por su dedicación al gimnasio tiene un cuerpo de película.

Me levanté tarde y al pasar frente a su habitación para bajar a la cocina, escuché unos suaves gemidos, su puerta estaba entreabierta por lo que me acerqué en el mayor de los silencios, lo que presencié me dejó completamente caliente:

Estaba recostado contra la pared, desnudo, pasando su mano por su pene rápidamente, era el primero que veía en vivo (mis padres me sobreprotegieron por mucho tiempo, así que a estas alturas de mi vida, aún era virgen) y bastante más grande que los de los tipos de las pelis. Esperé un poco y mientras lo veía pajearse, empecé a tocarme suavemente el clítoris y a meter un dedito travieso en mi huequito, aumentando la velocidad a medida que veía que Eduardo llegaba al final, hasta tener un violento orgasmo al mismo tiempo que él.

Bajé a la cocina a picar algo, pero la imagen de su cuerpo desnudo, de su pene tan apetitoso, no salía de mi mente, deseando a mi hermano de una forma que nunca imaginé. Para tratar de bajarme la calentura, decidí darme un chapuzón, me puse un bikini y me metí en la piscina, después de un rato salí a tumbarme bajo el sol y estaba a punto de dormirme, cuando sentí un beso en mi cuello, era Eduardo que venía a hacerme compañía.

En ese momento decidí ponerme boca abajo para mostrarle uno de mis mejores atributos: mis nalgas, y aprovechar a que por la posición no me podía poner el bronceador, para pedirle que me ayudara, lo que aceptó sin dejar entrever ninguna malicia, todo lo contrario, a lo que pasaba por mi mente. El sólo pensar lo que podría suceder, hizo que mis pezones se pusiera duros y mi vagina se llenara de jugos. Eduardo tomó un poco de bronceador y empezó a extenderlo por mis hombros y la parte alta de mi espalda, solté la tira de el sostén diciéndole que no quería que me quedaran marcas en el bronceado, él no dijo nada pero siguió recorriendo cada centímetro de mi espalda, tomándose más tiempo del necesario para sólo poner bronceador. Estaba impaciente, deseando, imaginando lo que podría suceder.

Luego su mano empezó a bajar, pero al llegar al inicio de mi trasero, Eduardo paró y se dirigió a mis piernas. “¡Nooo! –pensé- esto no está saliendo bien”, y empecé a hacerme a la idea de que no era lo suficientemente atractiva para él. Pero de pronto, sentí cómo subía por mis muslos, por su parte interna, estaba a punto de explotar… Ninguno decía nada, yo sólo podía escuchar mi respiración agitada, hasta que en el momento justo, sentí un dedo muy cerca de mi entrada pero… no, debió ser mi imaginación, pensé.

 

Y no, no era imaginación, ahí está de nuevo… aaaahhhhhh. Se filtra por mi bikini y me quedo muy quieta, Eduardo se acuesta a mi lado y puedo sentir su paquete, enorme de nuevo, me lo imagino, justo cómo lo vi unas horas atrás y él hace maravillas con su dedo, su boca empieza rozar mi cuello, vuelvo mi rostro buscando su mirada, las palabras siguen siendo innecesarias. Retira su dedo de mi entrada y poco a poco me gira hasta que quedamos de frente, mi boca reseca por la excitación busca la suya, su lengua y la mía son sólo una, al tiempo que su mano acaricia mi pecho desnudo, mis pezones están a punto de reventar.

Su boca ahora busca mis pechos con ansiedad, los chupa despacio suavecito, siento ráfagas de electricidad que van desde cada pezón hasta mi vulva. Es increíble el placer que me hace sentir y debo devolverle el favor, por lo que mi mano saca su pene del bóxer, lo empiezo a acariciar, despacio, de arriba abajo. Eduardo me pide que pare un poco, se coloca sobre mí, pero en la posición del 69, su lengua empieza a explorar mi cueva, para un momento y me mira a los ojos, no tiene que decirlo, sé exactamente lo que quiere.

Tomo su pene entre mis manos y lo dirijo a mi boca, lo chupo de arriba abajo, primero sólo la punta, luego un poco más, hasta meterlo por completo. Noto cómo llega hasta mi garganta, siento arcadas pero no puedo detenerme, quiero devolverle un poco de lo que me ha dado, respiro profundo y me controlo, empiezo a chuparlo rápidamente, salvajemente si se quiere, me pide que me detenga, me dice que va a terminar, pero lo hago con más pasión aún, quiero sentir su leche caliente llenar mi boca, bajar por mi garganta… Hasta que sucede, y lo disfruto enormemente. La sigo chupando hasta que no queda gota de leche, me siento en el paraíso.

Por su parte, Eduardo no paró en su labor, su lengua ha penetrado hasta dónde puede llegar dentro de mi cueva, y con su dedo masajea mi clítoris, estoy a punto de terminar y él lo sabe, pero se detiene… Le pido más: “no puedes dejarme así”, le reclamo. Nunca lo había hecho y necesitaba sentir su pene dentro de mí, se lo digo y Eduardo me pregunta si es realmente lo que quiero, no necesito responder, sólo le sonrío. Se coloca sobre mí y me besa, puedo sentir el sabor de mi cueva en su boca… y me gusta. Eduardo vuelve a ponerle atención a mis pechos, los chupa, pero esta vez lo hace duro, hasta doler… Me excita aún más, acaricia mi cara y mi cabello, me besa de nuevo en la boca, mientras siento cómo su pene vuelve a crecer.

Me dice que me va a doler un poco, pero que lo hará con cuidado, me besa en la boca, lenta, suavemente. Acaricia mis pechos con una mano y con la otra aprieta mis nalgas, de un sólo empujón me penetra y su beso impide que grite, se queda quieto un momento, mientras me acostumbro a su tamaño, me dice… Poco a poco se empieza mover, despacio, suavemente, de adentro hacia afuera, cada vez más hacia dentro, más profundo, hasta llegar al tope. Luego sus movimientos se hacen más fuertes, más y más fuertes, casi violentos, mientras me dice al oído lo mucho que me desea, que lleva meses soñando con este momento. Su mete y saca es frenético, siento dolor y placer a la vez, no me puedo controlar y tengo un orgasmo mucho más intenso que los que he conseguido cuando me masturbo, pero él no para, sigue moviéndose, más y más fuerte, más y más rápido, me besa de nuevo y en ese momento siento su leche caliente llenándome por completo.

Se acuesta a mi lado y me abraza, cuando le digo lo asombrada que estoy, que jamás imaginé que podía sentir algo tan rico, me dice que aún me falta mucho por explorar, (y al decirlo juguetea con su dedo por mi ano, pero esa es otra historia) que me acostumbre porque este es sólo nuestro primer día… ¡como amantes!

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