La verdadera tragedia del campesino mexicano

Dirigente del Movimiento Antorchista Nacional

 

Partamos de un punto que, a juicio de muchos, está fuera de discusión: la economía mexicana, a pesar de sus limitaciones, ineficiencias y rezagos, es ya, desde el siglo pasado, una economía capitalista, una “economía de mercado”. Ahora bien, la esencia de esta economía consiste, precisamente, en que toda ella, salvo excepciones muy poco significativas, se dedica a producir mercancías, esto es, bienes y servicios capaces de satisfacer alguna necesidad humana, pero destinados no al consumo de quien los produce, sino de un tercero que está dispuesto a adquirirlos  a cambio de un equivalente medido en dinero contante y sonante. En suma, el capitalismo es un modo de producción dedicado por entero a la fabricación de satisfactores para el mercado, operación mediante la cual el fabricante no sólo logra convertir su mercancía en dinero para volver a reiniciar el ciclo de su producción, sino también y principalmente, obtener más dinero que el originalmente invertido, es decir, una ganancia o utilidad que es el verdadero motor de su febril actividad productiva. La economía capitalista es, por eso, enemiga mortal e irreconciliable del autoconsumo. Surgida primero en unas cuantas ramas productivas, poco a poco se fue extendiendo a todas las existentes e, incluso, a muchas más que no existían y que han sido desarrolladas por el propio capital, mediante la creación de nuevas necesidades de los consumidores. Este avance arrollador, esta conversión de todo lo que necesita el hombre para vivir en mercancía y, por tanto, en fuente de lucro y de ganancia, queda ilustrado por el hecho de que, cosas que apenas ayer eran totalmente ajenas al mercado, como la tortilla,  la sopa, los frijoles guisados, los huevos  de gallina e incluso el agua para beber, hoy son una mercancía tan corriente como los zapatos o los teléfonos celulares.

Pues bien, si cosas tan “naturales” como esas no han podido sustraerse a la voracidad del capital, resulta de una ingenuidad, o de una necedad increíble, pensar que pueda lograrlo una actividad tan potencialmente lucrativa como lo es la agropecuaria, es decir, la explotación y el cultivo de la tierra, los bosques y las aguas del planeta. Por eso, la verdadera tragedia del campesino mexicano no radica, a mi juicio, en la falta de “apoyos” y “subsidios” del gobierno, ni tampoco en la apertura de nuestras fronteras a la libre importación de maíz o frijol, sino en el hecho de que nadie le ha explicado que, desde el momento en que la economía del país se hizo capitalista, su papel (el del campesino) como parte integrante de esa economía, tenía que transformarse también, radical e irremediablemente, para ponerse a tono con los nuevos tiempos. Nadie le dijo, ni mucho menos puso en práctica las políticas necesarias para lograr el cambio, que ya no podía seguirse concibiendo como productor sólo de lo que él y su familia necesitaban para subsistir, y dispuesto a vender únicamente sus magros “excedentes”. El auténtico campesino mexicano, es decir, el ejidatario, el comunero y el pequeño propietario, todavía  no se da cuenta cabal de que su tarea productiva ya no es autoabastecerse, sino, a tono con la necesidad del país, proporcionar suficientes alimentos a las grandes ciudades que han ido surgiendo por todo el territorio nacional y, después, abastecer de materias primas de buena calidad y a precios competitivos a todas las industrias que se dediquen a la elaboración y conservación de productos de origen animal y vegetal; que para ello es necesario que se convierta en capitalista del campo, en productor de mercancías, obtenidas en unidades de explotación de tamaño suficiente para el empleo de maquinaria moderna y demás tecnología de punta, que le garanticen la recuperación de su inversión más la utilidad necesaria para su manutención. Finalmente, no sabe que ir al mercado  es ir a un verdadero campo de batalla, donde indefectiblemente triunfará quien vaya mejor pertrechado, es decir, quien ofrezca los productos de mejor calidad a los más bajos precios. 

La agricultura de autoconsumo está irremisiblemente condenada a desaparecer bajo el capitalismo, en virtud de que su existencia depende de condiciones que el propio capitalismo se encarga de suprimir. La economía de autoconsumo genera productos pero no dinero; por tanto, la familia se ve obligada a fabricar todos los demás bienes necesarios para su vida: ropa, calzado, utensilios domésticos, vivienda, y hasta sus propias medicinas. Pero el capital pone todo esto fuera de su alcance; la obliga a adquirirlo en el mercado y, por tanto, le genera necesidad de dinero, dinero que sólo puede obtener vendiendo una parte cada vez mayor de su cosecha. Y si ésta se produce en condiciones no competitivas, se venderá siempre por debajo de su costo, con lo cual la pobreza aumentará año con año, como realmente ocurre hoy en el campo mexicano. Quienes idealizan el duro modo de existencia de los pueblos indios y campesinos en general, so capa de proteger su cultura y sus tradiciones, ponen el grito en el cielo contra los intentos de tornar en capitalista al campesino minifundista. Eso es, dicen, “liquidar al campesinado como grupo social”. Olvidan que tal “liquidación” es una tendencia histórica irreversible, justamente por ser una condición  para la consolidación y desarrollo pleno del capital. Además, tal “desaparición” no siempre resulta perjudicial para el campesino pobre, pues vive en mejores condiciones un obrero moderno y asegurado que un siervo de la gleba disfrazado de “dueño” de su parcela. Por eso, la solución no está en perpetuar la agricultura precapitalista, sino en promover, junto con el del campo, un vigoroso desarrollo de los demás sectores de la economía, para que, llegado el caso, absorban con buenos sueldos y prestaciones, a la población desalojada de las labores agrícolas. Lo otro es sacralizar los rasgos más inhumanos, crueles y embrutecedores de la economía campesina, cuya racionalidad histórica quedó hace ya mucho tiempo en el pasado de las sociedades más progresivas y vigorosas.

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